La imaginación es el único lugar donde el tiempo no existe, donde todo es posible y tú puedes ser simultáneamente quien eres y quien quieres ser. Es la chispa que enciende y alimenta la creatividad.
De niños imaginamos sin límite. Convertimos cajas en castillos, pisos en lava y silencios en aventuras enteras. Tal vez por eso admiramos tanto la creatividad infantil: porque los niños todavía entienden algo que los adultos olvidamos con facilidad — la imaginación no es una distracción; es una forma de explorar el mundo.
“Un adulto creativo es un niño que ha sobrevivido.” —
Ursula K. Le Guin
Los artistas lo saben bien. Un pintor, un escritor, un bailarín, un músico — todos logran darle vida a algo que inicialmente solo existe en su cabeza. Desde el techo de la Capilla Sixtina hasta el mural anónimo en una calle cualquiera, toda creación nació primero en la mente de alguien.
Mi imaginación no ha pintado un mural ni escrito una sinfonía. Pero sí construyó algo que usó regularmente: una mesa redonda imaginaria.
El lugar seguro
Cada vez que necesito tomar una decisión importante, o simplemente pensar con profundidad sobre alguna situación particular, voy mentalmente a un lugar específico.
Puede ser una playa vacía al amanecer, una montaña cubierta de neblina, un bosque lluvioso, o la cocina de la casa de infancia a las seis de la tarde. Lo importante es que sea un lugar que induzca a un estado de tranquilidad; donde cada respiración se sienta completa y brinde seguridad.
Ahí conmigo están las personas cuya voz quisiera escuchar cuando la vida se vuelve confusa. Personas que admiro, que me inspiran o que representan partes distintas de sabiduría.
Algunas siguen vivas, otras no. Algunas me conocen, otras ni siquiera saben que existo. No importa. La imaginación no necesita permiso para sentar a alguien a tu lado. Un familiar, un antiguo profesor, un mentor, un viejo amigo, un escritor, un artista, la persona más sabia que hayas conocido.
Imagina tu propia mesa y tu propio lugar. Imagina que todos ellos están ahí contigo. Disponibles en cualquier momento.
La conversación correcta
Ante una decisión importante, podemos simplemente cerrar los ojos, conectar con ese lugar, y preguntar. Cada persona en tu mesa representa un tipo de sabiduría distinto y una perspectiva diferente.
En mi mesa está mi papá y mi hermano mayor, quienes me impulsan siempre desde el amor. Ryan Holiday para recordarme que el estoicismo no es una filosofía de resignación sino de acción. Bono quien aboga por la causa justa. Barack y Michelle Obama, la pareja más coherente y sensata que he leído y escuchado.
El Papa Francisco, el guía espiritual más revolucionario de la era moderna para cuando necesito reconciliar la fé con la realidad. Chris Williamson para retarme con preguntas incómodas e ideas nuevas . Y Stuart Scott cuando necesito recordar el camino de la resiliencia.
La conversación se alimenta de recuerdos vividos, de libros leídos, de historias escuchadas. ¿Qué me dirían? A veces río, a veces lloro, a veces solo reflexiono; pero siempre logro salir con un panorama más claro.
Una mesa que evoluciona
Con el tiempo he entendido que esta mesa no existe para darme respuestas perfectas. Existe para ayudarme a hacer mejores preguntas.
Los asientos de la mesa no siempre han sido ocupados por las mismas personas. Hay quien entra y hay quien sale. Un maestro que fue fundamental a los veinte años quizás ya no tiene el mismo lugar a los treinta — no porque su influencia haya desaparecido, sino porque conforme crecemos y cambiamos las preguntas también. Evolucionar, aprender, sanar y repetir.
Vale la pena preguntarse de vez en cuando: ¿quién está sentado en mi mesa hoy, y por qué? ¿A quién escucho cuando tengo miedo? ¿A quién busco cuando necesito que alguien me desafíe? ¿Qué persona me puede ayudar a descifrar este nudo mental?
Quizás eso es lo que realmente hacemos cuando buscamos consejo: tratar de salir, aunque sea por un momento, de nuestra propia cabeza.
La mesa es tuya. Tú decides quién se sienta.
No necesitas ser Miguel Ángel ni Da Vinci. No necesitas un estudio, ni un lienzo, ni un escenario. Solo necesitas un momento de silencio y la disposición de imaginar.
Cierra los ojos. Crea un lugar. Sienta a tu gente. Imagina y pregunta.


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